CONSEJO DE ESCULAPIO

Wellington Gomez Pichardo

Con este nombre se conocen las reflexiones hechas por un antiguo galeno a un joven que aspiraba a serlo. Hoy, después de veinticinco siglos, constituyen para los médicos lo que la Biblia para los cristianos, lo que el Corán para los mahometanos o lo que un himno épico para los antiguos espartanos. No se sabe, a ciencia cierta, quién fue el autor de estos atinados consejos, atribuidos al dios de la Medicina, que tal es Esculapio dentro de las mitologías griega y romana.
En efecto, cuenta la leyenda que Esculapio era hijo del dios Apolo y de la princesa Coronis, y que había nacido en Epidauro. Su madre lo llevó al monte Mirtión, donde fue amamantado por una cabra y recogido por un pastor, que reconoció su origen divino por el halo que rodeaba su cabeza.

Otra leyenda dice que, como al nacer Esculapio murió Coronis, Apolo lo entregó al centauro Quirón para que lo criara y lo educara; éste le enseñó medicina, en la que el discípulo superó enseguida al maestro, de tal modo que, además de restituir la salud a los vivientes, volvía la vida a los muertos. Esto hizo que Plutón, soberano de los infiernos, se quejara a Júpiter, padre de los dioses, de que un mortal usurpara lo que era privilegio del poder divino; Júpiter escuchó la queja y mató con un rayo a Esculapio, por lo que Apolo, para vengar la muerte de su hijo, mató a su vez a los cíclopes que habían forjado el mortífero rayo.

Las representaciones más conocidas de Esculapio nos lo muestran como un hombre de edad madura, de mirada dulce, barbudo y con abundante cabellera, vistiendo un largo manto que, al ser recogido con el brazo izquierdo, deja al descubierto el derecho y busto. Sus atributos son: la copa, que contiene la bebida salutífera; el bastón del viajero, en el que se enrosca la serpiente, signo de adivinación entre los griegos y que figura al lado de todas las divinidades médicas; el onfalos de Delfos, gran piedra sagrada que sostenía el trípode de la pitonisa en los subterráneos del templo y que simboliza la fecundidad de la tierra, y el globo terráqueo. La figura de Esculapio suele ir acompañada, además de la serpiente, que rara vez falta, del perro, que le estaba consagrado en recuerdo del que llevaba el pastor que lo había recogido, y de la cabra que lo había amamantado. 

 ¿Quieres ser médico, hijo mío?
Aspiración es esta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia.
¿Deseas que los hombres te tengan por un dios que alivia sus males y que ahuyenta de ellos el espanto?

¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida? 
La mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos; tu puerta quedará siempre abierta a todos; vendrán a turbar tus sueños, tus placeres, tu meditación; ya no te pertenecerás. Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en caso de urgencia; pero los ricos te tratarán como a un esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados, harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud; habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer cordero o carnero, si han de andar de tal o cual modo. No podrás ausentarte, ni estar enfermo, tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto te llame tu amo.

¿Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación? 
Ten presente que te juzgarán no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que confiarán en ti si no vienes del Asia; otros si crees en los dioses; otros si no crees en ellos. Tu vecino el carnicero, el tendero, el zapatero, no te confiará su clientela si no eres parroquiano suyo; el herborista no te elogiará, sino en tanto que recetes sus hierbas.
Habrás de luchar contra las supersticiones de los ignorantes.

¿Te gusta la sencillez?, habrás de adoptar la actitud de un augur.

¿Eres activo, sabes qué vale el tiempo?,
no habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que aguantar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico

¿Sientes pasión por la verdad? 
Ya no podrás decirla. Habrás de ocultar a algunos la gravedad de su mal, a otros su insignificancia, pues les molestaría. Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice.

No te será permitido dudar nunca:
 si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.

No cuentes con agradecimientos: cuando el enfermo sana, la curación es debido a su robustez; si muere, tú eres quien lo ha matado. Mientras está en peligro te trata como a un Dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia ya le estorbas; cuando se trata de pagar los cuidados que le has prodigado, se enfada y te denigra.

 Te compadezco si sientes afán por la belleza: verás lo más feo y más repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tus oídos contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, contemplar los orines, escudriñar los eructos, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Te llamarán para un hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho "gracias a que he tenido la precaución de no tirarlo". Recuerda entonces que habrá de parecer interesarte mucho aquella deyección. Hasta la belleza misma de las mujeres, consuelo del hombre se desvanecerá para ti. Las verás por la mañana, desgreñadas y desencajadas desprovistas de bellos colores, olvidando sobre los muebles parte de sus atractivos. Cesarán de ser Diosas para convertirse en pobres seres afligidos por la desgracia. Sentirás por ellas menos deseos que compasión

Tu oficio será para ti una túnica de Neso: en la calle, en los banquetes, en el teatro, en tu cama misma, los desconocidos, tus amigos, tus allegados te hablarán de sus males para pedirte un remedio. El mundo te parecerá un vasto hospital, una asamblea de individuos que se quejan. Tu vida transcurrirá en la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y de las almas, de los duelos y de la hipocresía que calcula, a la cabecera de los agonizantes.

Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Cuando a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad. Entonces, te encargarán que separes los débiles de los fuertes, para salvar a los débiles y enviar a los fuetes a la muerte.

Piénsalo bien mientras estás a tiempo. Pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma lo bastante estoica para satisfacerte por el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte: Si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, entonces hazte médico, hijo mío.

*ESCULAPIO
Dios griego de la Medicina. Muerta Coronis (su madre), Apolo (su padre) lo encomienda a los cuidados del centauro Quirón, versado en medicina y en el conocimiento de las plantas medicinales. Esculapio llegó a dominar la cirugía, la terapia con plantas y, además, resucitaba a los muertos. Zeus, irritado por su infracción a la ley inmutable, lo fulminó con su rayo. El Templo de Esculapio, levantado en su honor en el siglo IV aC, llega a su apogeo en el siglo II dC, pues Galeno ejerció allí su profesión.