HISTORIA DE LA MEDICINA PRECOLOMBINA

Desde tiempos inmemoriales, el hombre trató de comprender el mundo que le rodeaba equilibrando lo empírico y lo mágico; el curandero era el amo de la vida y de la muerte. De esta forma, la causa y el origen de las enfermedades, el milagro de la procreación, la iniciación sexual, el climaterio, la menopausia o la muerte fueron considerados fenómenos mágicos que manejaban los espíritus, cuyos representantes en la tierra fueron los chamanes, los curanderos, los magos y los hechiceros, quienes actuaban como intermediarios de lo desconocido y, por lo tanto, como dominadores de la naturaleza mágica del mundo.

Sus conocimientos sobre algunos aspectos de la naturaleza, el transcurso de las estaciones y las propiedades curativas de las plantas les conferían autoridad y, a su vez, la obligación de dar una respuesta a los fenómenos naturales de la enfermedad y la muerte.

En América, por ejemplo, vivieron pueblos muy diferentes en su nivel cultural, político, económico y social, pero compartían una tradición mágico-religiosa y tenían más o menos los mismos conceptos sobre las enfermedades, base de sus teorías y prácticas curativas.

A pesar de la distancia geográfica y temporal, en la medicina de estas culturas existió un doble fenómeno característico; por un lado, el curandero, el sacerdote y el hechicero estaban íntimamente relacionados entre sí y, por otro, existía el uso intensivo de drogas alucinógenas.

De esta manera, el curandero siempre fue importante en la sociedad, ya que personificó la medicina precolombina, reuniendo los elementos mágicos de los rituales dados a él por los dioses, así como el manejo de drogas y su preparación, que sólo él conocía y guardaba en secreto.

Por esta razón, al igual que las prácticas terapéuticas, la herbolaria fue de gran importancia, convirtiéndose en una tradición milenaria basada en el conocimiento de infinidad de plantas medicinales clasificadas y aplicadas con gran acierto en distintas enfermedades.

Por otro lado, en el territorio de la Nueva España habitaron distintas sociedades que alcanzaron un alto grado de civilización como las del Altiplano y el sureste mexicanos: tarascos, nahuas, mixtecos, zapotecos y mayas. Éstas contaban con formas avanzadas de gobierno, ciudades bien estructuradas, un sistema de numeración y de escritura fundado en pictogramas, además de sus conocimientos sobre astronomía, matemáticas, arquitectura y medicina, basada en una larga tradición herbolaria.

Sin duda, la medicina azteca sobresalió poco más que las otras en lo referente al diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, tanto en medicina interna como externa. Quienes la practicaban eran los curanderos llamados tícitl, que pertenecían a una casta sacerdotal en la que los padres enseñaban la profesión a sus hijos y éstos heredaban el cargo.

Además, la medicina era asociada con tres factores: con la religión, en virtud de que atribuían a los dioses ciertas enfermedades, así como su remedio; con la magia, porque creían que algunas enfermedades eran provocadas por los hechiceros, y con la ciencia, porque conocían las propiedades curativas de las plantas y de algunos minerales.

Entre las enfermedades más comunes se mencionan las fiebres eruptivas, afecciones de la piel y parasitosis intestinales, a las que daban cura con abundantes medicamentos. Gracias a ello no existieron grandes epidemias; sólo se sabe de una muy severa entre los años 1450 y 1456.

Algunos emperadores apoyaban el desarrollo de la medicina, patrocinando el estudio de la flora de los territorios que conquistaban, para ello, enviaban mensajeros a todos los lugares posibles a recoger plantas raras y valiosas para sus jardines botánicos.

Entre sus prácticas medicinales se incluía el baño de vapor en el temazcalli, para purificar el cuerpo, contrarrestar fiebres causadas por alguna constipación, recuperarse después del parto y sanar heridos o mordidos por algún animal venenoso.

Cabe destacar que la población de Europa debe a los médicos indígenas, entre otros productos, el tabaco, el bálsamo americano, la goma copal, el liquidámbar, la zarzaparrilla, la tacamaca, la jalapa, la cebada y los piñones purgantes, que han sido de gran utilidad hasta nuestros días. Otros purgantes que se usaban son las habillas, el izticpatli y el amamaxtla. Como vomitivos se aplicaban el mexochitl y el neixcotlapatli; como diuréticos, el axixpatli y el axixtlacotl.

El remedio contra la mordedura de serpientes era el coapatli. Contra las fiebres intermitentes usaban el chatalhuic y para otro tipo de fiebre, el chiantzolli, el iztacxalli, el huehuetzontecomatl y el izticpatli. Para curar el mal causado por excesivo ejercicio en el juego de la pelota, solían comer la corteza del apitzalpatli ablandada con agua.

Asimismo, los indígenas se valían de infusiones, cocimientos, emplastos, ungüentos y aceites. De estos últimos, los más usuales eran los de hule o resina elástica, de tlapatl, árbol semejante a la higuera, de chilli o pimienta de chia, y de ocotl, especie de pino.

En cuestiones de cirugía utilizaban bálsamo, maripenda, jugo de itzontecpatli, tabaco y otras yerbas.

Para las úlceras aplicaban el nanahuapatli, para las apostemas y algunos tumores, el zacatepatli y el iztcuinpatli, y para la fractura de los huesos, el nacazol o toloatzin. De esta planta, la semilla hecha polvo se mezclaba con resina para aplicarse a la parte lastimada, la cubrían con plumas y, sobre ellas, ponían tablitas para soldar los huesos.

Otro aspecto relevante es que los médicos, para darle un toque misterioso a sus curaciones, las acompañaban con algunas ceremonias supersticiosas, con la invocación de sus dioses y con ciertos improperios contra las enfermedades.

Éstos son algunos ejemplos de los usos y aplicaciones de la medicina prehispánica, cuyos beneficios han sido reconocidos paulatinamente en todas las épocas del mundo de la medicina.