Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro

Dr. Alberto Aguirre Sandoval
Ex Catedrático de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca
Socio Emerito del Instituto Médico "Sucre" -Bolivia-
 


Casdemiro (Orense)  1676
Oviedo 1764

 

Es el filósofo español más importante del siglo XVIII, y se le considera introductor del ensayo filosófico escrito en lengua española. Benito Jerónimo Feijoo Montenegro nació en 1676 (en Casdemiro, Orense), y en 1690 tomó el hábito de San Benito, una de las órdenes católicas, en el monasterio de San Julián de Samos. Estudió en los colegios de Lerez (Pontevedra) y en el monasterio de San Vicente de Salamanca. A partir de 1709, y durante más de medio siglo, residió en Asturias, en el colegio benedictino de San Vicente de Oviedo (edificio actualmente ocupado por el Museo Arqueológico Provincial y por la Facultad de Psicología), donde murió en 1764. Está enterrado en el crucero de la Iglesia de la Corte, que se abre precisamente sobre unos de los patios del antiguo convento, que lleva ahora su nombre: Plaza de Feijoo. La época de su mayor actividad literaria empieza al final de su profesorado, del que se retiró a los sesenta y tres años, después de ejercerlo durante cuarenta años.

Contaba ya cincuenta años cuando, sin moverse prácticamente de Oviedo (no sobrepasaba entonces esta ciudad los cinco mil habitantes), inició Feijoo la publicación de ensayos filosóficos sobre todo género de materias, para desengaño de errores comunes. Su crítica filosófica, realizada desde el conocimiento del estado de las ciencias, la técnica y la filosofía de su tiempo, tuvo que soportar los ataques más virulentos tanto desde la atrevida ignorancia de arcaicos y pedantes escolares (enquistados otrora como agora en muchas cátedras universitarias) como desde posiciones supuestamente ilustradas. Entre 1726 y 1740 publicó los nueve volúmenes del Teatro crítico universal (el nono, suplemento de los ocho anteriores, refundido en ediciones posteriores), y entre 1742 y 1760 los cinco volúmenes de Cartas eruditas (contaba pues 84 años cuando apareció este último volumen), además de otras obras, sobre todo defensivas frente a los ataques recibidos. Desde noviembre de 1998 están disponibles en internet sus obras completas, por lo que hoy leer a Feijoo desde cualquier lugar del mundo ya no entraña mayores dificultades. Sólo con ojear los títulos de sus discursos y cartas se puede apreciar la rica variedad de asuntos sobre los que trató: ESCRITOS MÉDICOS

TRADUCCIÓN
§. I
1. Nada he deseado más ardientemente, desde que en el primer Tomo del Teatro Crítico manifesté, a los que la ignoraban, la incertidumbre de la [348] Medicina, que el que las objeciones, que desde entonces prevenía me habían de proponer los Médicos, fuesen concluyentes. Importábame mucho más ser vencido, que vencedor en esta lid. Porque siendo yo de una salud bastantemente quebrantada, no podía menos de serme gratísimo el verme obligado, por la eficaz persuasión de los argumentos, a esperar de la Medicina el alivio de mis dolencias. Pero muy presto ví frustrado el deseo. Declaráronme guerra los Médicos, más cruel a la verdad que yo podía haber merecido. Con violenta irrupción salieron por todas partes profesores de esta Facultad, armados, no diré de plumas, sino de flechas.

Adversi, rupto seu quondam turbine, venti.
2. Parecieron varios escritos llenos de amarguísimas injurias. ¡Oh, cuánto se destemplaron algunos! Médico hubo tan inverecundo, audaz, desapiadado, y maligno, que se atrevió a estampar que tenía comprehendida la especie de mis indisposiciones, dándoles el más feo carácter, y origen que se podía discurrir. ¿Y esto se imprimió con nombre del Autor, y licencias ordinarias? ¿Y para un escrito como éste hubo Aprobantes en la piadosísima Corte de Madrid? ¿En qué guerras de los Bárbaros más feroces se ha practicado este género de hostilidades? No de todos me quejo; aunque, a la verdad, sólo se contuvieron en los términos de la decencia Pauci, quos aequus amavit Jupiter; los demás en mucho mayor número.

Qua data porta ruunt, & terras turbine perfluant.
3. Inútilmente busqué en tanta copia de escritos la pretendida certeza de la Medicina. Antes (lo que es admirable) creció la incertidumbre entre los vanos conatos de probar la evidencia; porque los Médicos, que me impugnaron, igualmente discordes estaban entre sí, que conmigo. Lo que uno afirmaba, negaba otro. Lo que éste edificaba, arruinaba aquél. Tanta est discordia fratrum. Los Autores de Medicina, a quien un escrito tributaba altos elogios en otro eran tratados con sumo desprecio. Uno veneraba la Astrología como auxiliar precisa de la Medicina; [349] otro la condenaba como Facultad irrisible, y vana. Uno celebraba los Inventos modernos; otro los trataba como herejías del Arte. Aun en el punto esencial de la dificultad hubo la misma división. Unos confesaban la incertidumbre de la Medicina; otros la negaban; otros dolosamente hurtaban el cuerpo a explicarse sobre esta materia. De este modo en los escritos mismos, donde intentaban los Profesores mostrar su concordia en los dogmas, dieron a conocer que jamás se pondrían de acuerdo.

4. Los últimos que salieron a la palestra fueron el Doctor Don Ignacio Ros, y otro Médico, de cuyo nombre he procurado olvidarme, igualmente distantes uno de otro en estilo, que en opinión. El primero, a la reserva de algunos descuidos, escribió con bastante urbanidad, y cultura. El segundo manchando a cada renglón el papel con insulsas chocarrerías, y torpes dicterios, en grosero estilo dio a luz un libelo, que así le puedo llamar, porque cuanto desierto de razones, estaba poblado de injurias. Con tales méritos, ¿qué podía suceder, sino que leyesen con irrisión, y desprecio todos los hombres de razón? Así fue. Mas a mí finalmente, en una cosa me agradó; y fue, que abiertamente confesó la incertidumbre de la Medicina. Si me preguntas por qué tomó la pluma, o sobre qué me impugnó, siendo sobre esto todo el pleito; no sabré decírtelo, ni aun pienso que él mismo lo sabe. Acaso dirá, y el escrito lo confirma, que su intento no fue contradecirme, sino injuriarme. Concedámosle que tiene razón, porque cada uno escribe lo que sabe.

5. Pero ve aquí que al tiempo que este Médico subscribe a la incertidumbre de la Medicina, añadiendo que ésta es una cosa que nadie ignora, sale por la parte contraria el Doctor Ros, pretendiendo en el libro que compuso debajo del título Medicina Vindicata, que la certeza de la Medicina está declarada por el infalible Oráculo de la Divina Escritura, y por consiguiente fuera de toda controversia. ¡Ojalá! [350]

6. Ocho meses tardó el Doctor Ros en dar a luz aquel pequeño volumen, con mal agüero a la verdad, pues según el dicho de Hipócrates, el parto octimestre nunca es vital. No puedo comprehender qué motivo obligó a este Autor a escribir en Latín. Acaso contemplándome extranjero en este idioma, o el idioma extranjero para mí, quiso obligarme a responder en él, para que embarazado en la dificultad del estilo, o me diese por vencido a la impugnación, o en vez de explicarme, me implicase en la respuesta. Es cierto que con no poca repugnancia me he reducido a responder en el idioma Latino; porque mi distancia del lugar destinado a la impresión, me imposibilita corregir las muchas erratas que preveo ha de haber por la impericia del Impresor; y no faltará algún caviloso contrario mío, que maliciosamente me las impute, transfiriendo a mi persona el defecto de la Latinidad, o la ignorancia del que imprime la obra. Ejemplo dio ya a otros para esta maligna interpretación aquel urbanísimo Médico citado arriba, el cual este yerro de Imprenta cometido en la respuesta que dí al Doctor Martínez, el reo demandando ante el Juez, me le atribuyó a mí, insultandome con desgraciadísima gracia sobre la torpe ignorancia de que no es el reo quien demanda, sino el actor. Había yo escrito el reo demandado ante el Juez. Esto estaba bien dicho, y es frase de Curia. El Oficial de la Imprenta se equivocó, y añadiendo una n, imprimió demandando. Fácil era conjeturar que había sucedido así, a cualquiera a quien no cegase, o su rudeza, o su malicia.

7. Este miedo de los yerros de Imprenta (por la ignorancia de Latinidad que hay en nuestros Impresores) se acrecienta en mí, en consideración de los muchos que he observado en el escrito del Doctor Ros. Si este Autor, no obstante la cuidadosa vigilancia, que es de creer aplicaría a la corrección de su obra, no pudo evitar que cayesen en ella muchísimos solecismos, y barbarismos, ¿cómo podré yo, estando ausente, evitar igual, o mayor desgracia en la mía? [351]

§. II
8. Pero veamos ya qué nos opone el nuevo Vindicador de la Medicina. Arguyo lo primero con aquel texto del Eclesiástico, tantas veces inculcado: Honora Medicum, &c. Esta es la áncora sagrada a que recurren todos los Médicos. ¿Pero qué hay en aquel texto contra mi escrito? Encomienda el Eclesiástico que se honre a los Médicos. ¿Por ventura los he deshonrado yo, como algunos Médicos procuraron deshonrarme a mí? Dice que son necesarios; no he predicado yo que sean inútiles. Añade que son merecedores del estipendio. Todo esto se entiende de los Médicos buenos; y convengo en que a éstos se les asigne, muy crecido, y se les pague con puntualidad. De suerte que yo, sin derogar en cosa alguna al interés y honor de los profesores hábiles, tuve por único blanco probar la incertidumbre del arte, la cual sin duda demostré con invencibles argumentos. Esto en ninguna manera perjudica, ni a la facultad, ni a los profesores. ¿Piensa acaso el Vindicador, que el precio, y estimación de un arte se debe medir por su certeza? Vive muy engañado: mucho más apreciable es en la República para el uso de la Guerra un General consumado, que un excelente Ingeniero; no obstante que éste en la práctica de su arte procede comúnmente sobre evidentes demostraciones, y aquél rara vez pasa de falibles conjeturas.

9. De aquí se desvanece en aire, y humo la acusación intentada por el Vindicador, como que yo haya capitulado la Medicina de falsa, inútil, y nociva. Nada de eso he dicho, sino que es incierta. ¡Notable equivocación es confundir la incertidumbre con la falsedad, con la inutilidad, con la malignidad! La arte militar colocada en la mente de un General, es incierta. ¿Quién dirá por eso que es falsa? ¿Quién dirá que es inútil, o nociva a la República?

10. Mas ya prueba el Vindicador más abajo la certeza de la Medicina; porque en el capítulo 38 del Eclesiástico [352] se llama ciencia la Medicina: Dedit hominibus scientiam. Siendo, pues, la ciencia un hábito cierto, y evidente, como la definen los Lógicos, se sigue que es cierta, y evidente la Medicina. ¡Admirable argumento por cierto! Como si el nombre de ciencia siempre que ocurre en las Sagradas Letras se hubiese de tomar en el sentido que le dan los Escolásticos. Si fuese así, habríamos de venerar como una de las facultades científicas el arte de partear; pues de las Parteras Hebreas se dice (Exod. 1.) que tienen ciencia de partear: Obstetricandi habent scientiam.

11. En crasísimos errores caerá cualquiera, que sin discreción tomáre todas las voces de la Escritura en el sentido en que las usan los Escolásticos. Un ejemplo (dejando otros infinitos) tenemos en el mismo capítulo del Eclesiástico, que se nos opone. En él se dice que Dios crió de la tierra los medicamentos: Altissimus creavit de terra medicamenta. Ve aquí una proposición implicatoria, si el verbo criar se toma en el sentido escolástico; porque en éste el criar es producir una cosa de la nada. ¿Cómo compondremos que los medicamentos sean producidos de la nada, siendo producidos de sujeto presupuesto, conviene a saber, de la tierra? ¿No es manifiesta implicación?

12. Las voces, pues, de ciencia, y sabiduría, frecuentemente se aplican en las Sagradas Letras a cualquiera hábito cognoscitivo, que sea evidente, que no. Y este mismo significado tienen en el uso común. A veces se toman por la prudencia, como es notorio a cualquiera que haya leído algo en la Biblia; y a veces estas voces se extraen al sentido metafórico, como cuando se dice Psalm. 18, que una noche enseña ciencia a otra noche; y Job cap. 38, que Dios dio inteligencia al gallo.

13. Pero concedámosle graciosamente al Vindicador, que el Eclesiástico recomienda la Medicina, no sólo como útil, mas también como cierta. Réstale al Vindicador probar, que la Medicina celebrada en aquel capítulo es la misma que practican nuestros Médicos, pues [353] yo sólo de ésta he hablado. Que hay Medicina cierta en estado de la posibilidad, o secundum se, como dicen los Escolásticos, no lo negaré jamás. Tampoco batallaré sobre si la hubo en algún siglo, si la tuvo algún singular Médico, o si ahora se practica en alguna remota parte del mundo. De la Medicina, como en estos siglos, y en estas regiones se usa, es la cuestión. ¿Cómo me probará el Vindicador que esta misma es la que aprueba el Eclesiástico? Lástima es que se haya esforzado a probar esto, porque todo fue sudar en vano.

14. Intenta este imposible, diciendo lo primero, que Hipócrates fue anterior doscientos años al Autor del Eclesiástico. De aquí infiere que la Medicina que aprobó el Eclesiástico, es la Hipocrática. Aquí de Dios: ¿por qué regla de Súmulas saldrá esta consecuencia? Será buen argumento éste: Paracelso fue anterior dos siglos al Doctor Ros: ¿luego la Medicina que el Doctor Ros aprueba, es la Medicina practicada por Paracelso? ¿O éste: Lutero me precedió a mí dos siglos: luego la Teología que yo apruebo, es la misma que enseñó Lutero?

15. ¿Juzga acaso el Vindicador que la Medicina Hipocrática en aquellos dos siglos que pasaron desde Hipócrates al Autor del Eclesiástico, se extendió por todo el mundo, y llegó a practicarse en la Palestina, donde escribió el Eclesiástico, como en todo el resto de la tierra? Pero esto no basta que lo juzgue; es menester que lo pruebe. ¿Mas cómo ha de probarlo, si es totalmente improbable? Plinio nos dice, que después de muerto Hipócrates reinó por mucho tiempo en Sicilia la Secta Empírica, fundada por Acrón Agrigentino. Los Romanos también se curaban empíricamente por aquel tiempo; pues el primer Médico Griego que entró en Roma, fue Archagato, siendo Cónsules Lucio Emilio, y Marco Livio, lo cual sucedió más de doscientos y veinte años después de la muerte de Hipócrates. A vista de esto, ¿qué hay que admirar que los Hebreos, que comerciaban mucho menos que Romanos, y Sicilianos con los Griegos, tuviesen [354] alguna práctica curativa, muy distinta de la que Hipócrates había establecido en la Grecia?

16. Ni en la Grecia misma tuvo fuerza para mantenerse la autoridad de Hipócrates, pues antes de pasar un siglo después de su fallecimiento, trastornaron sus dogmas Crisipo Gnidio, y Erasístrato, discípulo de Crisipo.

§. III
17. Lo segundo prueba el Vindicador, que la Medicina Hipocrática es la misma celebrada por el Eclesíastico, porque en este sagrado Libro se hallan dos preceptos en orden a la dieta; los cuales da también Hipócrates; conviene a saber, el comer, y beber con sobriedad, y el de procurar el vómito cuando esté nimiamente gravado el estómago. ¡Graciosa prueba por cierto! Esto es lo mismo que si alguno probase que la doctrina del Evangelio es la misma del Alcorán, porque en el Alcorán hay algunos preceptos morales idénticos con los del Evangelio. Mahoma prohibió el homicidio, el adulterio, el hurto, que también había prohibido Cristo. ¿Quién por esto, sin blasfemar, concederá la proposición absoluta, de que es una misma la doctrina de Cristo, y la de Mahoma?

18. Fuera de que esos dos preceptos de régimen no hay más razón para decir que son de Hipócrates, que para decir que son de todo el género humano. ¿Por ventura, antes de que Hipócrates viniese al mundo, no se sabía que es conducente para la salud la templanza? ¿O se ignoraría para siempre que el vómito aprovecha en la nimia repleción del estómago, si Hipócrates no hubiera revelado a los mortales este grande arcano? Creo que no habrá sobre la haz de la tierra hombre de razón que no convenga en esta máxima.

19. Pero aunque diésemos (que es demasiado conceder) que la Medicina aprobada por el Eclesiástico es la Hipocrática, nada se infiere a favor de la Medicina que hoy vemos practicar. Es cierto que todos nuestros Médicos [355] se precian de fieles discípulos de Hipócrates. Sin embargo, si se coteja la práctica de este grande hombre con la de estos que se llaman discípulos suyos, se hallará, que son extremamente diversas, como ya notaron graves Autores en estos tiempos últimos. Ballivio dice (fol. mihi 250.) que apenas entre seiscientos Médicos se halla uno, que en la curación no siga rumbo contrario al de Hipócrates. Cuantos leen con reflexión las Obras de Hipócrates, advierten que fue parcísimo el Príncipe de los Médicos en la aplicación de remedios, y que su principal atención era siempre conservar las fuerzas a la naturaleza. ¡Oh cuánto dista este prudente cuidado de la cruel, y sangrienta práctica que hoy está en uso! Nuestros Médicos (exceptuando muy pocos) ni descansan, ni dejan descansar a sus enfermos. Aunque se menudeen las visitas, apenas se pasa alguna sin aplicación de remedio. De éstos dijo Galeno, que pecan siempre que visitan: Quoties ad aegrum accedunt, toties peccant (1 de Dieb. dec. cap. 11). Sin embargo, estos Médicos enemigos de la naturaleza, son los que celebra por doctísimos el vulgo. Acaban de matar a un enfermo con purgas, sangrías, cantáridas, ventosas, a que añaden la continuada molestia de ungüentos, cataplasmas, &c. y lo que se oye decir a los que más sienten la muerte es, que les queda el consuelo de que el Médico hizo cuanto cabía en el arte. Dice muy bien Daniel Le-Clerc en su historia de la Medicina, que si hoy viviera Hipócrates, apenas habría enfermo que se pusiese en sus manos. La razón es, porque Hipócrates frecuentemente fiaba gravísimas enfermedades a la naturaleza ayudada del régimen, sin aplicarles remedio alguno; lo que hoy es tenido por suma ignorancia. Cónstame con toda certeza que hay Médicos, que contra su dictamen recetan; porque si no lo hacen, dicen de ellos, que son unos asnos, que no han conocido la enfermedad, o no saben cómo se debe curar. Tan lejos como esto estamos de que la práctica curativa de este siglo sea la misma que Hipócrates observó. [356]

§. IV
20. Prueba lo tercero el Vindicador la identidad de nuestra Medicina con la que aprueba el Eclesiástico; porque la unidad de la ciencia se toma de la unidad del objeto, y del fin; pero es así que el mismo objeto, y fin tienen una, y otra medicina, pues el objeto de entrambas es el cuerpo humano como sanable, y el fin de la sanidad: luego una misma es una, y otra Medicina.

21. En este argumento hay una insigne equivocación, la cual voy a descubrir. Para lo cual se ha de notar lo primero, que en el uso común frecuentemente el nombre propio de algún hábito, o facultad, se da a otro hábito, no sólo distinto, mas aun opuesto. Pongo un ejemplo: La superstición es vicio opuesto a la virtud de Religión; no obstante lo cual, a la superstición misma, o hábito, que inclina al culto supersticioso, se da a cada paso nombre de Religión. Así en los libros se lee, y en las conversaciones se oye comunísimamente: La Religión de los Turcos; la Religión de los Tártaros; siendo así que la de estos bárbaros no es Religión, sino superstición; porque Religión es la que da a Dios el debido culto: supertición la que, o da a Dios un culto incompetente, o tributa a la criatura el culto que se debe a Dios. Pongo otro ejemplo: San Agustín (lib. 6, de Civit. cap. 6, & 7) habla de las tres Teologías, dándoles este nombre de los antiguos Gentiles: la Natural, la Teátrica, y la Civil; no obstante que ninguna de las tres es Teología, antes un hábito erróneo contrario a ella. En una palabra. La Religión se dice equívocamente de la verdadera, y falsa Religión; y la Teología de la verdadera, y falsa Teología. Lo mismo sucede en el uso de los nombres significativos de otros hábitos.

22. Se ha de notar lo segundo, que uno es el fin de la obra, y otro el fin del operante. Esta distinción (vulgar entre Teólogos, y Filósofos Morales) tiene mucho lugar [357] en el uso de las artes. El Artífice imperito con la intención siempre pretende el fin del arte; mas con la obra muchas veces se aparta de él. El Piloto siempre intenta llevar la nave al puerto; mas por su ignorancia tal vez la rompe en el escollo.

23. Lo tercero se ha de tener presente, que yo en la respuesta al Doctor Martínez no afirmé que fuese substancialmente distinta la Medicina de hoy de la que el Eclesiástico aprueba; sí sólo el que no constaba la identidad: lo cual me bastaba para asentar aquella proposición hipotética: Aunque yo dijese, que toda cuanta Medicina se practica en el mundo es inútil, y nociva, no contradiría al sagrado texto del Eclesiástico. Sobre cuya proposición se debe notar una calumnia con que casi en todas las páginas me da en los ojos el Vindicador, imputándome haber afirmado que toda la Medicina de este siglo es inútil, y nociva. ¿Es posible que el Vindicador ignore la distinción que hay entre la proposición absoluta, y la hipotética, y cuánto distan para el efecto de hacer una proposición verdadera, o falsa, estas expresiones digo, y si dijese? Esta proposición: Digo que César no conquistó las Galias, es falsa; pero esta otra: Si dijese que César no conquistó las Galias, no contradiría a la Sagrada Escritura, es verdadera.

24. Mas para responder al argumento propuesto, y asentar la verdad de aquella proposición hipotética, hagamos por ahora la cuenta de que yo la profiero absoluta, diciendo que toda la Medicina de este siglo es inútil, y dañosa. Verá el defensor, que ni prueba, ni puede probar que esta proposición tenga la más leve sombra de oposición al texto alegado.

25. Respondo, pues, al argumento, concediendo la mayor, y negando la menor, la cual jamás probará el defensor. Porque si me arguye con la definición de la Medicina, o con otra cualquiera cosa, todo eso diré yo que se verifica de la verdadera Medicina; no de la falsa, inútil, y nociva, cual es la Medicina de este siglo, y la cual sólo [358] equívocamente se dice Medicina, como la Superstición, y Teología de los Infieles, equívocamente se dice Religión, y Teología. Ineptamente, pues, al que afirma que la Medicina presente es nociva, se le pretende probar la identidad de ella con la antigua, porque miran un mismo objeto; pues el que afirma que es nociva, y falsa, consiguientemente le niega la esencia de Medicina: como el que afirma que la Religión de los Gentiles es falsa, consiguientemente le niega la esencia de Religión. Esto no estorba que se le dé el nombre de Medicina, o por error de los hombres que la juzgan útil, y verdadera, o porque muchas veces los nombres se ponen a las cosas por el fin que se intenta, aunque no se logre en su uso. Así se dice Médico, no sólo el que cura, mas también el que mata: y se llama remedio, no sólo el que aprovechó, mas también el que dañó al enfermo.

26. Lo que decimos del objeto, se debe aplicar también al fin. La Medicina nociva no tiene por fin la sanidad, aunque el que por ignorancia usa de ella pretenda ese fin. Cuando el Médico imperito da al enfermo lo que es veneno, juzgándolo remedio, la salud es fin del operante, no de la obra. De aquí consta la solución a otras cosas que añade el defensor; como es aquello de decir, que así la Medicina Helmonciana, como la Galénica, se aprueban en el Sagrado Texto del Eclesiástico, porque tienen un mismo fin: donde es claro, que asimismo confunde el fin de la obra con el fin del operante.

§. V
27. Lo dicho basta, y sobra para convencer, que del Texto del Eclesiástico nada se puede inferir a favor de la Medicina de este siglo: porque no sabemos si es muy distinta (y yo lo creo así con bastante fundamento) de la que se practicaba en aquél. Mas para mayor superabundancia añadiré aquí, que aun no sabemos si el Eclesiástico aprobó la Medicina del mismo siglo en que escribía, ni de otro alguno, hablando de la Medicina [359] puramente natural. La razón es, porque hay no leve fundamento para pensar que en aquel capítulo se habla de la Medicina que es comunicada por vía de inspiración. El único ejemplo, que alega el Eclesiástico para probar la utilidad de la Medicina, es el del leño con que Moisés endulzó las aguas amargas de Mara: Nonne a ligno indulcata est aqua amara? Y este remedio de las aguas le alcanzó Moisés por revelación, como consta del capítulo 15 del Exodo: At ille clamavit ad Dominum, qui ostendit ei lignum, quod cum misisset in aquas, in dulcedinem versae sunt. Si el leño tenía virtud natural, o no, para endulzar las aguas, es dudoso entre los Expositores. Lo que no tiene duda es, que aun en caso que la virtud fuese natural, Moisés no la conocía, y Dios se la manifestó. Verdaderamente si el intento del Eclesiástico fuese probar la utilidad de la Medicina, que se adquiere con el estudio, y experiencia, parece que no sería oportuno a este fin el ejemplo de un remedio, que sólo fue conocido por revelación.

28. Este pensamiento, juntamente con la prueba propuesta, me apuntó en una carta suya un docto Médico. Y a mi parecer le coadyuva en gran manera el que el Eclesiástico en el mismo capítulo, así a los enfermos como a los Médicos, encomienda mucho el recurso a Dios por medio de la oración; a aquellos, para que los que los sane: Fili, in tua infirmitate ne despicias te ipsum, sed ora Dominum, & ipse curabit te (vers. 9.); a éstos, para que los dirija: Ipsi vero Dominum deprecabuntur, ut dirigat requiem eorum, & sanitatem (vers. 14). Este advertido cuidado, con que el Eclesiástico intima a Médicos, y enfermos el recurso de la oración, significa que se ha de solicitar de Dios algo más que el concurso general, por ser necesaria en el uso de la Medicina, alguna especial asistencia, o ilustración. Añádese la autoridad de Nicolao de Lira, el cual sobre aquella parte del versículo sexto, donde se dice que Dios dio a los hombres la ciencia médica: Dedit hominibus scientiam, prosigue así explicando el [360] Texto: Nam aliquando revelat virtutes herbarum, & radicum.

§. VI
29. Esto es lo que se me ofreció decir para defender la verdad de aquella proposición hipotética, estampada en mi Respuesta a la Carta defensiva del Doctor Martínez, que con vanos esfuerzos pretendió contrastar el Doctor Ros. Pero si se me pregunta qué siento de la Medicina de nuestro siglo, libremente diré, que como la ejercen algunos pocos (acaso poquísimos) sutiles, doctos, prudentes, y virtuosos, es útil, y necesaria; pero como la practican los más, es nociva, y funesta. Esto, además de la experiencia propia, me enseñan Médicos muy doctos. Cardano (de Meth. Med. cap. 100), dice así: Mucho mayor es el número de enfermos, a quienes matan los Médicos ignorantes, que el de los que curan los Médicos doctos. El eruditísimo Reyes (Camp. Elys. quaest. 6, n. 2), asienta que muchísimos Médicos lo son sólo en el nombre. Y en otra parte hablando de sí, y de todos los demás Médicos, dice: Dudo, no sólo si erramos muchas veces, mas aun si erramos siempre. Gerardo Goris se extiende mucho sobre esta materia en un libro que intituló La Medicina despreciada por la ignorancia de los Médicos.

30. Pero lo que es de mayor momento en este asunto es la testificación del Señor Rey de España Felipe Tercero, que se halla en el lib. 3 de la Nueva Recopilación, tit. 16, ley 11. Así dice aquel piadosísimo Príncipe: Porque hemos sido informados de personas doctas, y celosas del bien común, que en estos nuestros Reinos hay mucha falta de buenos Médicos, de quien se pueda tener satisfacción, y que se puede temer que han de faltar para las Personas Reales, &c. ¡Oh buen Dios! hombres de sabiduría, y celo le avisan a un Rey ser tanta en España la escasez de buenos Médicos, que se debía temer, que en todo el Reino no se hallasen dos, o tres idóneos para asistir a las Personas Reales; ¡y a mí, que dije mucho menos en orden [361] a la ignorancia de los Médicos, me tratan en escritos públicos de maldiciente, temerario, inicuo! Mi conciencia me consuela en la tempestad de injurias que se ha fulminado contra mí. El justísimo Señor, que nos ha de juzgar a todos, sabe que no por algún afecto maligno, sí sólo por amor al Público, escribí todo lo que se lee en el Discurso quinto de mi primer Tomo.

31. Preguntaré ahora: ¿qué reforma hubo después acá en el método de enseñar la Medicina en las Aulas, que era a lo que se dirigía aquella ley de la Nueva Recopilación, prescribiendo que se dictase en ellas toda la práctica del arte, no Tratados particulares, y que esto se hiciese usando sólo de la voz, no de la escritura? Ninguna: porque aquella ley no se puso en ejecución, de lo cual ignoro el motivo. El examen del Protomedicato ya entonces estaba establecido; porque el Señor Felipe Segundo le había ordenado, y puesto en planta. Luego no hay motivo de creer que haya hoy más copia de buenos Médicos, que entonces.

32. Con todo, por decir con ingenuidad lo que siento, soy de opinión que algo se ha mejorado la Medicina desde aquel tiempo a éste; no porque el examen del Protomedicato sea más riguroso, ni porque sea mejor el modo de enseñar el arte (pues en el Protomedicato todos se aprueban, siendo el más infeliz aquel a quien se le dilata tres, o cuatro meses la aprobación; y en las Aulas se les leen a los Estudiantes dos, o tres Tratados, por la mayor parte teóricos); sí solo, porque siguiendo el aviso de algunos Autores de gran juicio, tanto Españoles, como Extranjeros, fueron abandonando los Médicos de más luz aquella cruel práctica de matar los enfermos con la multitud de sangrías, y purgas, ayudando a agotarlos la sangre la nimia escasez de bebida, y a corromperlos los humores la hediondez de tanto ungüento, y la porquería de no mudar camisa. Verdad es que esta reforma aún está tan poco extendida, que apenas salió del recinto de la Corte; ni aun en la Corte la siguen exactamente [362] sino los más sabios. Pero en las provincias casi generalmente hacen los Médicos guerra a los enfermos a lanceta, y purga, que es lo mismo que a sangre, y fuego, como antes. También han empezado a cultivarse la Anatomía, y la Química: aunque de estas dos facultades puedo decir lo mismo, que es rarísimo en las Provincias el Médico que sabe algo de ellas.

§. VII
33. De lo que hemos dicho hasta aquí se infiere cuán fuera de propósito me opone el Vindicador sentencias de Padres, doctrinas de Teólogos, leyes de Emperadores, que favorecen a la Medicina; pues a la Medicina, que verdaderamente es tal, la confieso útil, y necesaria; y a los Médicos, que en realidad, y no sólo en el nombre, lo son; esto es, dotados de aquellas calidades, que en la Crisis Médica propuse, no sólo no los desprecio, antes los venero sumamente. Si son indoctos, si rudos, si precipitados, si amontonadores de remedios, no los miro como Médicos, sino como homicidas. ¿Qué hay contra esto en la Sagrada Escritura, en los Padres, en los Teólogos, en las Leyes?

34. Dije que la Medicina es incierta. Díjelo, y lo probé concluyentemente. Esto mismo confiesan los Médicos más doctos: esto mismo clama la experiencia cotidiana, mostrándonos la sempiterna discordia de los Médicos en las consultas: Porque tanto (dice el doctísimo Reyes) se apartan unos de otros, que no se halla ni uno siquiera que apruebe el remedio que prescribió otro, sin alguna excepción, adición, o permutación; o por mejor decir, que no le desprecie, y repruebe.

35. En vano han pretendido muchos Médicos extender a todas las demás Facultades esta infelicidad de la Medicina; en la cual sólo, con verdad, se le puede dar la Física por compañera. La Lógica tiene reglas infalibles; la Metafísica constantísimos axiomas; la Jurisprudencia ciertas Leyes; la Teología infalibles dogmas; la Matemática [363] invencibles demostraciones. La Medicina carece enteramente de Cánones fijos. Digo de cánones fijos, próximamente directivos de la curación, como las demás Facultades los tienen, cada una respectivamente a su propio ejercicio; porque el que goce algunos axiomas, o demostraciones puramente teoréticas, e inconducentes para resolver las dudas de la práctica, no se lo negaremos.

36. Tales permitiremos que sean cuatro demostraciones, que el Vindicador alega, para probar que la Medicina es ciencia. La primera infiere, que todo cuerpo sano se mueve por principio intrínseco. La segunda, que todo cuerpo que ejerce debidamente todas sus funciones, y movimientos, apetece con apetito innato su conservación. La tercera, que todo cuepo humano, de quien alguna acción esté sensiblemente dañada, pide con apetito innato su curación. La cuarta, que toda acción sensiblemente dañada, representa al entendimiento la enfermedad de quien es propia esa señal. Demos que estas cuatro proposiciones estén bien demostradas (que a la verdad, a la última, si no se toma en un sentido que la haga Perogrullada, le falta poco para serlo); ¿qué provecho sacaremos de ellas? ¿por ventura seiscientas mil proposiciones de este jaez le instruyen a un Médico en cómo ha de curar, no digo un tabardillo, pero ni aun un sabañón? ¡Oh, en qué inepcias caen aun los hombres de juicio, cuando arrebatados del espíritu faccionario, se ponen a lidiar contra la verdad!

37. Ciertamente me llenó de admiración la confianza con que el Vindicador asegura la infalibilidad de los Médicos en decretar purgas, y sangrías. ¡Cosa prodigiosa es que esto se estampe en un escrito público! Pero aun será mayor prodigio, si se hallare quien lo crea; especialmente en Madrid, donde frecuentemente se ve que llamados a consulta los Médicos más escogidos de la Corte, ácremente se contradicen sobre decretar la purga, o la sangría. Este ordena sangría, y condena la purga. Al contrario, aquél ordena purga, y condena la sangría. Otro [364] contemplando muy débil al enfermo, uno, y otro remedio acusa como nocivo. ¿Dónde está esa pretendida infalibilidad?

38. Haciendo reflexión sobre esta discordia, se desbarata enteramente la solución que el Vindicador da al argumento tomado de la disensión de los Autores contra la certeza de la Medicina. Dice que los Autores que escriben en distintas regiones, es preciso que varíen la curación, atendiendo a la diversidad de los climas. ¡Inútil efugio! ¿Por ventura en la misma región, en el mismo Pueblo, en la misma casa, en la misma enfermedad de un mismo individuo, no estamos palpando esta misma disensión de los Médicos a cada paso?

39. Ni es mejor que la pasada otra solución, que toma del símil de los diferentes caminos, que llevan a un mismo término, pretendiendo que del mismo modo, con distintos remedios, puede expugnarse una misma enfermedad. El símil fuera bueno, si como aquí en Oviedo todos los prácticos de caminos convienen en que a Castilla se puede pasar, no sólo por Puerto Pajares, mas también por Puerto Ventana; todos los prácticos del Arte Médico conviniesen en la consulta, o fuera de ella, en que el enfermo se salvará con los diferentes remedios que cada uno prescribe. Pero bien lejos de eso, lo que uno dice que aprovecha, el otro asegura que daña. Este dice que la sangría es camino para la salud; y el otro que es precipicio para la muerte.

§. VIII
40. Lo que el Vindicador alega por la purga, y la sangría no es del caso; pues yo no condené absolutamente el uso de estos dos remedios; sólo afirmé que son inciertos, y muchas veces peligrosísimos. Niega el Vindicador la maligna cualidad de los purgantes, contra el comunísimo sentir de los Autores, tanto Galénicos, como Anti-Galénicos. Sin embargo, esto no quita que algunas veces hagan más provecho con la evacuación, que daño con la malignidad. Dice que yo ignoro la continua [365] comunicación de todos los vasos del cuerpo humano. Cierto que es éste un reservadísimo arcano. ¿Hay cosa más vulgarizada? ¿Qué Bárbaro la ignora? Sé muchos años ha que esta continua comunicación de los vasos, no sólo se halla en los animales, mas también en los vegetables; y así en éstos circula el jugo nutricio, como en aquéllos la sangre; lo cual acaso ignora el Vindicador. Pero inferir de esta comunicación, como pretende el Vindicador, que puede arrancarse del cuerpo con los purgantes todo lo extraño, y nocivo, es absurda ilación, y muy contraria a la experiencia. Ni con los Catárticos de seis Boticas limpiará el Vindicador del contagio venéreo a un galicado. No sólo en ésta, en otras muchas enfermedades, antes precipitará a los intestinos todo el jugo nutricio, que extirpe la causa de la dolencia. ¡Oh cuántos enfermos he visto secos, extenuados, abrasados con el repetido uso de los purgantes, que les prescribían Médicos indoctos, sin que el mal se minorase, antes creciendo cada día!

41. Lo que supone el Vindicador como cierto, de que hay purgantes apropiados a determinados humores, es sumamente dudoso, y que muchos modernos impugnan como absolutamente falso. Es sin comparación más probable, que todos los purgantes promiscuamente evacúan todos los líquidos, entre ellos el jugo nutricio, corrompiendo a éste, y a otros humores útiles. De aquí es, que parece estiercol fuera del cuerpo lo mismo que dentro del cuerpo era bálsamo. Oigase al doctísimo Juan Jacobo Waldismit. De la ignorancia (dice) de la verdadera Filosofía nació un error infestísimo al género humano. La causa sensible de la enfermedad, dicen los Médicos ignorantes, sensiblemente se debe evacuar por el vientre. De aquí es el preconizar sus purgantes, y atormentar con ellos a los enfermos hasta extenuarlos: lo que ejecutan, porque ignoran que rara vez los humores atraídos por los purgantes tenían la textura, y calidades mismas, mientras estaban en el cuerpo, que después ostentan arrojados afuera. Muchas veces me he puesto a contemplar por qué en los cadáveres que [366] examina la Anatomía, nunca hallamos copia igual de humores a aquélla que un purgante saca de un cuerpo vivo. La causa es, (y no puede haber otra) porque los mismos purgantes promiscuamente licúan, resuelven, y corrompen la carne, y la sangre, caminando a igual paso con los venenos; por lo cual dijo rectamente Helmoncio, que el nombre de purgante es nombre engañoso, no debiendo llamarse purgante, sino ponzoñoso, y destruyente. Todos los purgantes dañan la mixtion de la sangre, y laxan, o del todo rompen el vínculo de la vida, por lo cual al punto sale aquella caterva de humores viciados::: Si alguna vez aprovechan, no debe atribuirse el suceso a la cualidad purgante, sino a la virtud atenuante, y resolviente que tienen. (tom. 1, disp. 1, num. 5) No está mas indulgente con los purgantes Christiano Kursnero en el pequeño tratado que escribió de Purgationum e foro Medico proscriptione.

42. Acaso las expresiones de estos Autores son algo hiperbólicas; pues en una falta grande, y peligrosa de régimen del vientre, no alcanzando otros remedios más benignos, es preciso acudir a los purgantes; pero este caso no es muy ordinario. Lo ordinarísimo es acusar los Médicos el embarazo, que no hay, de las primeras vías, para menudear los purgantes.

43. Nótame el Vindicador de inconsecuencia, porque habiendo dicho en una parte, que todo en la Medicina es incierto, dije en otra, que el Mercurio es eficaz para el contagio venéreo. No hay aquí inconsecuencia alguna. Lo primero, porque según la regla de Derecho, lo poco se reputa por nada. Entre tantos millares de remedios, uno sólo cierto no quita la verdad de la proposición de que todos son inciertos; porque aunque en rigor metafísico las proposiciones universales se falsifican por cualquier excepción particular, en el uso común, una, u otra excepción no les quita ser verdaderas. De esto hay bastantes ejemplos en la Escritura. Es verdadera la proposición de San Pablo: Todos pecaron en Adán, no obstante la excepción de María Señora nuestra. Es verdadera [367] la de David: Todo hombre es mentiroso, sin embargo de que hay algunos veraces. Es verdadera la de Moisés: Todos los hombres se habían corrompido en las costumbres (que eso significa omnis quippe caro corruperat viam suam), aunque Noé, que vivía en aquel tiempo mismo, era justo. Lo segundo, porque la certeza de la eficacia del Mercurio tiene bastantes limitaciones; por las cuales, aunque a una luz se contemple como remedio cierto, a otra se puede alistar entre los inciertos. Hay casos en que los Médicos dudan de su aplicación: casos, en que no aprovecha, y casos en que daña, acortando al enfermo la vida.

§. IX
44. Habiéndose el Vindicador introducido a Teólogo, para aprobar que el que constituido en enfermedad grave, rehusa tomar las medicinas que le prescribe el Médico, comete pecado de tentación de Dios, es justo que yo le responda sobre este punto: lo que haré con gusto por captar la ocasión de tratar la cuestión moral, de cómo, y cuándo peca el enfermo que rehusa las medicinas: asunto sin duda, cuyo examen importa; porque los Teólogos morales sólo le tocan muy de paso, y en una generalidad que no decide las dudas ocurrentes en la práctica.

45. Para lo cual noto lo primero, que en esta materia se puede pecar, o contra la virtud de Religión, tentando a Dios, o contra la caridad que cada uno se debe a sí mismo, exponiéndose al riesgo de morir; aunque también podría agregarse alguna malicia de otra especie; v.gr. la de avaricia, en aquel que por no gastar dinero se niega a la medicina.

46. Supongo lo segundo, que el pecado de tentación de Diso se comete cuando alguno quiere con intención expresa, o interpretativa, experimentar el poder de Dios, o la sabiduría, bondad, u otro algún atributo divino. Y así, apropiando más la explicación a la materia presente, aquél se dice tentar a Dios, que negándose al uso de los [368] medios naturales, o causas segundas, ordenadas para algún efecto, espera ese efecto precisamente de Dios, como para conocer experimentalmente si Dios es poderoso, si es bueno &c. la cual tentación será formal, y expresa, si fuere expreso, y formal el deseo de experimentar el poder Divino; e interpretativa, si por esperar el influjo solitario de la causa primera, se repelen todas las causas segundas. Esta doctrina es común entre los Teólogos. Véase especialmente el Eximio Doctor Suárez, quien (tom. 1 de Relig. trat. 3, lib. 1, cap. 2, & 3) trata con grande acierto, y extensión del pecado de tentación de Dios.

47. Hechos estos supuestos, digo lo primero: es falso, regularmente hablando, lo que el Vindicador afirma en el num. 36; conviene a saber, que el que estando gravemente enfermo, no quiere usar de medicinas, comete pecado de tentación de Dios. Pruébolo: porque regularmente hablando, cuando los enfermos rehusan medicarse, lo hacen porque juzgan que su naturaleza, y complexión basta para expugnar la enfermedad. Por consiguiente no tientan a Dios, pues no esperan la salud del solitario influjo divino, repeliendo todas las causas segundas; antes bien confían en el beneficio de una causa segunda, que es el vigor natural de su propia complexión.

48. Tampoco tienta a Dios el que rehusa los medicamentos, porque quiere padecer la molestia de la enfermedad por cualquier motivo que lo haga, u honesto, o vicioso, o porque quiere morirse: aunque por otra parte obre imprudentemente, y peque. Pecará a la verdad contra la caridad, o contra alguna virtud, mas no con pecado de tentación de Dios contra la virtud de Religión; pues no intenta experimentar el poder divino, pretendiendo de él la salud; antes quiere padecer la enfermedad. Es común entre los Teólogos.

49. Podrá oponérsenos la autoridad de Santo Tomás (2, 2, quaest. 97, art. 1) donde dice: que tienta a Dios cuasi interpretativamente aquél, el cual, aunque no [369] intenta tomar experimento de Dios, pide, o hace alguna cosa, que para nada es útil, sino para probar el poder de Dios, o su bondad, o su sabiduría. Sed sic est, que el que rehúsa la medicina en el caso propuesto, hace una cosa que para nada es útil, sino para probar el poder, o la bondad Divina: luego tienta interpretativamente a Dios.

50. Responde el Eximio Doctor en el lugar citado, que el dicho de Santo Tomás no se debe entender puramente negativè; sino que se debe juzgar como implícito, en ese modo de obrar, algún respeto a Dios (aun por la misma intención del operante), como que por sí solo haya de hacer dicho efecto. Al Padre Suárez siguen en esta explicación Lesio, Layman, Bonacina, y otros.

51. En el original Latino había yo usado de esta solución, contentándome con ella; pero haciendo después más reflexión, he conocido que la autoridad de Santo Tomás no necesita de explicación alguna; porque tomada literalmente como suena, es verdaderísima, y no se opone en modo alguno a nuestra aserción. Es así que el que hace alguna cosa, la cual para nada es útil, ni se imagina tal, sino para experimentar a Dios, interpretativamente le tienta. La razón es clara: porque como nadie obra sin algún fin, no concibiendo el operante como útil lo que hace para otro fin alguno, evidentemente se infiere, que lo toma, por lo menos interpretativamente, como medio para el fin de experimentar a Dios. Pero en el caso de nuestra aserción no sucede así: porque el que rehusa los medicamentos por padecer la enfermedad, o por morir, tiene por fin el padecer la enfermedad, o la muerte, y para este fin considera útil, y conducente el negarse a la medicina. De la misma calidad el que no quiere medicarse, juzgando que a beneficio de la naturaleza sola ha de sanar, mira como útil la omisión de los remedios para evitar, ya el coste, ya la molestia de ellos, acaso también para lograr la misma salud, temiendo que las medicinas, como muchas veces sucede, le empeoren. [370]

§. X
52. Digo lo segundo: No peca, ni contra la Religión, ni contra la caridad el que creyendo prudentemente que la naturaleza por sí sola ha de vencer la enfermedad, se niega a la medicina. Es claro: porque el que obra prudentemente no peca, y prudentemente obra el que fía la curación a la naturaleza, cuando prudentemente cree que ha de lograr la naturaleza la curación.

§. XI
53. Digo lo tercero: Aunque la enfermedad sea invencible a las fuerzas de la naturaleza, si el enfermo con error invencible juzga que la naturaleza la vencerá, de ningún modo peca. Es manifiesto: porque el error invencible le excusa de pecado.

§. XII
54. Digo lo cuarto: El enfermo que duda si la medicina le aprovechará, o dañará, y no puede deponer la duda, ni halla más razón para asentir a lo uno que a lo otro, no peca, si rehusando los medicamentos, fía la enfermedad a Dios, y a la naturaleza, o a Dios solo, en caso que la naturaleza se rinda. Pruébase, porque igual riesgo amenaza por una parte que por otra, y así puede sin imprudencia elegir el extremo que quisiere; antes obrará prudentemente, si abandonando el peligroso auxilio de la Medicina, recurriere al Divino, según aquella regla de Josaphat, hablando con Dios: Estando ignorantes de lo que debemos hacer, no nos resta otra cosa sino levantar, Señor, los ojos a ti. (Paralipom. lib. 2, cap. 20) Sed sic est, que el enfermo en el caso propuesto ignora lo que debe hacer: luego, &c. Debe limitarse la conclusión, si omitiendo la aplicación del medicamento dudoso, no hay esperanza alguna de escapar; pues la prudencia dicta, que se tiente ese dudoso auxilio, cuando sin él la muerte es cierta. [371]

§. XIII
55. Digo lo quinto: Si el enfermo, atendiendo a que el Médico es ignorante, o precipitado en obrar, o amontonador de remedios, tiene por más probable que le dañe, que el que le aproveche, no sólo no peca no poniéndose en las manos del Médico, pero pecará si se pone. Pruébase: porque la ley de la caridad consigo mismo le obliga a hacer aquello, que con más probabilidad juzga conducente para la conservación de su vida. Confírmase con la autoridad de Paulo Zaquías, el cual dice: Q: Que es mejor no tener Médico alguno, que tenerle malo (Quaest. Medic. Leg. lib. 4. tit. 2, quaest. 3, num. 11). La lástima es, que los Médicos malos suelen acudir aun sin ser llamados.

Sponte sua properant, labor est inhibere volantes.
56. La regla de Paulo Zaquías tenemos por prudentísima; y así juzgamos, que por lo común obran imprudentemente aquellos Lugares, que siempre tienen Médico, dándole corto salario; pues comúnmente, o cargan con unos hombres incapaces, o con unos meros aprendices, a quienes a costa suya desasnan, si son capaces de desasnarse, para que cuando saben algo, vayan a otro partido mejor. Médicos he visto de más que mediana habilidad, los cuales, después que una larga experiencia los había hecho más cautos, confesaban que en los primeros años de ejercicio habían degollado gente a diestro, y siniestro. Los rudos nunca escarmientan, y toda su vida prosiguen en matar con notable inocencia.

§. XIV
57. Digo lo sexto: Si el enfermo, constituido en el peligro, espera que el auxilio del Médico le aproveche, regularmente hablando, debe ponerse en sus manos. La razón es la misma que dimos en la conclusión antecedente, porque debe hacer lo que juzga más conducente para recuperar la salud. He dicho regularmente hablando, porque puede haber motivo superior para abandonar [372] la Medicina, dejando su vida en manos de Dios. Así los Cartujos se abstienen de la carne, aunque la consideren necesaria para la conservación de la vida; y las Religiosas no dejan la clausura, aunque el Médico las asegure, que no pueden convalecer sin pasar a otro sitio, o mudar de aire; uno, y otro por el bien de la observancia regular, la cual importa mucho se conserve inalterable en toda una Religión. Faltando este, u otro motivo equivalente, obliga al enfermo la caridad propia a tomar el medicamento que juzga provechoso. Y aun si el enfermo es persona necesaria a la República, o la familia, esta obligación no sólo es de caridad, mas también de justicia.

§. XV
58. Digo lo séptimo: Si el enfermo no puede formar juicio acerca de la aptitud, o ineptitud del Médico, debe arreglar su determinación al concepto que tiene hecho de los Médicos en general, considerado el estado presente de la Medicina. Si, pues, contemplando la incertidumbre, y arduidad de la Medicina, y que no obstante ser este arte sumamente difícil, todos los que se dedican a su estudio vienen a lograr Partido, hiciere juicio de que los Médicos, como hoy están las cosas, por la mayor parte carecen de la doctrina, y demás dotes necesarias para ejercitar dignamente su profesión; no tendrá obligación alguna a llamar el Médico, salvo que la enfermedad sea tan urgente, que sin el auxilio de la Medicina sea la muerte inevitable; pues en este caso hay obligación de llamar a cualquiera Médico que se encuentre. La razón de esta aserción es, porque el juicio, y resolución prudente se toma de lo que más frecuentemente sucede.

59. Mas porque se me preguntará si aquel juicio es prudente; responderé lo primero, que es arreglado a la opinión de algunos grandes hombres. Mi Padre San Bernardo, escribiendo a los Monjes de San Anastasio (epist. 345.) los disuade de llamar a los Médicos, diciéndoles entre otras cosas: En ninguna manera es competente a vuestra [373] Religión buscar medicinas corporales, ni conviene a la salud. Y poco más abajo: Comprar especias, buscar Médicos, tomar pociones, es indecente a vuestra Religión. Ve aquí a Bernardo, que afirma que las medicinas dañan a la salud: por consiguiente juzga que los Médicos por la mayor parte yerran. Hugo Cardenal (in cap. 10. Luc.) dice: Los Médicos despojan a los enfermos del dinero, y de la vida, porque reciben grandes salarios, y frecuentísimamente nada aprovechan, antes algunas veces dañan. El Señor Rey de España Felipe Tercero, instruido por hombres doctos, y celosos, asegura en la Ley citada arriba, que los buenos Médicos están reducidos a tan corto número, que se puede temer que falten aun para las Personas Reales. Médicos muy sabios han sido de este mismo sentir. El grande Hipócrates (de Vet. Medic.) dice: Alabaré muchísimo a aquel Médico que yerre poco. Luego es raro el Médico que yerra poco; pues sólo los raros en el arte son dignos de altos elogios: por consiguiente los demás en mucho mayor número yerran mucho. Ya arriba vimos, que Cardano afirma que muchos más son los enfermos, a quienes matan los Médicos malos, que los que curan los buenos.

60. Opondráseme que la Escritura aprueba la Medicina: apruébanla S. Agustín, y S. Basilio; y los Teólogos persuaden que se llame a los Médicos. Digo que nada de eso ignoraba S. Bernardo; con todo asienta, que el buscar medicinas corporales no conviene a la salud. Y añade, que el llamar los Médicos es indecente al estado Monástico: por tanto juzgaba, que no nos obliga la caridad a llamar a los Médicos; pues si nos obligara a ello, no sería indecente, sino decentísimo. A lo de la Escritura ya respondimos arriba. A lo que se añade de Padres, y Teólogos, decimos, que éstos hablan de la Medicina, prescindiendo de la impericia de los Médicos vulgares, o considerando el arte en sí misma. S. Bernardo, Hugo Cardenal, y otros hablan de la Medicina, como contraída a infinitos ignorantes. [374]

61. Juzgo no obstante, que esta condenación del uso de la Medicina, no se ha de tomar con el rigor, y generalidad que suena. Las invectivas universales contra los Médicos que se hallan en algunos Autores (y lo mismo digo si se halla alguna en mis Escritos), se dirigen a moderar la nimia confianza de los vulgares en los Médicos, y a reprimir la temeridad de infinitos Médicos, que sin la ciencia, y prudencia necesarias, ejercen arrogantemente su profesión. Lo que aseguro, y aseguraré siempre es, que hay en este arte mucho mayor número de Profesores ineptos, que de hábiles. A éstos estimaré siempre mucho, y me fiaré a su conducta; de aquéllos huiré como de pestes animadas.

§. XVI
62. Digo finalmente: En las indisposiciones leves, que el enfermo en sí mismo, o en otros experimentó libres del peligro, es más cordura abstenerse del uso de medicamentos. Lo primero, porque es superfluo buscar el auxilio del arte, donde basta sola la naturaleza. Lo segundo, porque la experiencia me ha mostrado que en estas indisposiciones leves, que como ocasionadas del temperamento, ocurren muchas veces, los remedios molestan, y no curan. Pero si el Médico tuviere todas las buenas calidades, que en otras partes hemos señalado, ¿se podrá consultar también en semejantes indisposiciones? Digo que no hay en ello riesgo alguno; porque éstos están en la misma máxima que yo, de que se dejen a la naturaleza, y a la paciencia.

63. Pero oponemos el Vindicador que algunas veces se esconde una grave enfermedad debajo de la apariencia de una leve indisposición; o una indisposición, que al principio es leve, después se hace grave, como el vértigo, tal vez pasa a epilepsia, o apoplejía. Respondo, que cuando bajo el velo de indisposición leve se oculta enfermedad grave, mucho más frecuentemente se engaña el Médico, que el enfermo; porque aquél sólo puede consultar las señas visibles, y éste es muchas veces avisado [375] por cierta sensación interna, aunque confusa, y casi inexplicable, de que está dentro emboscado más poderoso enemigo. Lo que en estos casos comúnmente sucede es, que el enfermo, que, dejado a su arbitrio, prevendría el golpe que le amenaza, con las disposiciones cristianas, importantes a su alma, las omite, porque el Médico le persuade que carece enteramente de peligro.

64. En éste, como en otros muchos casos, se debe entender que hago siempre excepción de los Médicos sabios, expertos, sagaces, y piadosos. Por lo que mira a los vulgares, y gregarios, afirmo que no conviene llamarlos en las indisposiciones leves; pues aunque tal vez suceda que la enfermedad leve se haga grave por defecto de medicina, mucho más frecuente es hacerse grave por la ignorancia, y temeridad del Médico. Por una parte, y por otra, pues, hay peligro; pero mayor por la última.

65. Ni piense el Vindicador que me amedrenta con el fantasma de irregularidad que me pone delante. Supuesto que las reglas que doy sean, como invenciblemente juzgo, prudenciales, aun cuando por seguirlas, en algún caso raro muriese el enfermo, no se me podría imputar a mí la muerte: como ni a los Legisladores, que prescribieron reglas prudenciales para averiguar los delitos, se imputa la muerte de algunos inocentes, en quienes concurrieron todas aquellas señas, y probanzas a que ellos quisieron se siguiese sentencia capital. No hay ley humana, ni precepto prudencial alguno, tomado universalmente, a que en la práctica no se sigan algunos inconvenientes. Y así cumple con la razón, con la prudencia, y con la justicia el que da aquellas reglas, con que se evitan los mayores, y más comunes. Fuera de esto puedo asegurar con toda certeza, que habiendo aconsejado la abstinencia de medicamentos a muchísimos sujetos, que padecían indisposiciones leves, hasta ahora ninguno de ellos por seguir mi consejo, ha peligrado; y no pocos de ellos me han dado las gracias, porque se hallaron mejor después que volvieron las espaldas al Médico. [376]

66. Ya algún Doctor el año pasado, en una impugnación que me hizo, escribió que cierto enfermo, por haber leído el primer tomo del Teatro Crítico, no quiso llamar al Médico, y murió. Objeciones de este jaez son unos meros espantajos para engañar al pobre vulgo. No disputo el hecho. Bien está. No llamó al Médico, y murió. ¿Por ventura le había dicho yo que no llamase al Médico? Entendió el Teatro Crítico a su modo, y cometió ese yerro. Lutero entendió a su modo la Escritura, y dijo mil herejías. Más: no llamó al Médico, y murió. ¿Qué Angel le reveló al Doctor, que murió porque no llamó al Médico? Si esta consecuencia se infiere de aquel antecedente, se seguirá también, que el que llamó al Médico, y murió, murió porque llamó al Médico; y de este modo toman los Médicos a su cuenta infinitos homicidios. Más: No llamó al Médico, y murió. Infinitos conozco yo, que estando enfermos no llamaron al Médico, y vivieron. Si de aquél se infiere, que porque no llamó al Médico murió; con igual razón de éstos se debe inferir, que porque no llamaron al Médico vivieron.

67. Lo que se puede asegurar, hablando indeterminadamente, es, que algunos mueren porque llamaron al Médico, y algunos porque no le llamaron; porque a unos mata la sobra de Médico, a otros la falta de medicina. Pero en particular son pocos los casos, en que se conozca, aun con certeza moral, que el Médico mata; y muchos menos aquellos, en que se puede afirmar que murió el enfermo por falta de Médico. Asimismo unos, que llamen, que no llamen al Médico, mueren, porque la enfermedad es tal, que ni cede a la naturaleza, ni a la medicina. Finalmente otros, que llamen, que no llamen al Médico, viven; y éstos son los más, porque son muchas más las enfermedades superables por la naturaleza, que las mortales. Cada hombre muere de una enfermedad sola; y pocos hay que antes de esa, si vivieron bastantes años, no hayan padecido otras muchas. Por tanto, injustamente se gratulan los Médicos de que curaron a tales, y tales enfermos. [377] A cuantos asistieron, dicen que curaron. ¿De dónde consta? ¿No sanan muchos enfermos, y los más, donde no hay Médicos? En verdad que muchos han observado de que en los Lugares, que a tiempos tienen Médicos, y a tiempos no, se hallan mejor los vecinos cuando no los hay. Es verdad que tales son por lo común los Médicos en semejantes Lugares. Volviendo al enfermo, de quien habló aquel Doctor, habiendo sucedido el caso en la Corte, donde no faltan buenos Médicos, hizo mal en no llamar uno, siendo la enfermedad de cuidado, aunque se dudase si lo era.

{(a) Al propósito del error, que frecuentemente padecen los convalecientes, creyendo que al Médico deben la mejoría, no habiendo hecho éste cosa conducente a ella, es oportuno, y gracioso el caso que refiere el Padre Zahn. (Tom. 3, Mund. Mirab. disquisit. 2, c. 7, §. 2.) Tenía Juan Bautista Porta en Nápoles crédito de gran Filósofo, y de saber mucho de Medicina, aunque no era profesor de ella. Hallándose en alta noche muy afligida una de las primeras Señoras de la Ciudad de dolores de parto, que había muchas horas estaba padeciendo, después de tentados inútilmente muchos remedios, envió por medio de un criado a pedir alguno más eficaz a Juan Bautista Porta. Este, que estaba durmiendo, habiendo despertado a los repetidos golpes que el Embajador dio a la puerta, y entendiendo a lo que venía, enfadado le dijo que se fuese, que él no era Médico. No cesando el criado de importunarle, en un papelito recetó para la Señora no sé qué agua, y habiendo de echar la receta por la ventana al criado que la esperaba en la calle, porque el aire no llevase el papel, para darle peso envolvió en él un poco de polvo, o tierra, que barrió del pavimento de la cuadra. Llevado el papel a la Señora, así ella, como los asistentes, hicieron juicio de que el polvo contenido en el papel era el remedio que enviaba Porta para facilitar el parto. Tomó, pues, aquella basura, y tomóla a tan buen tiempo, que parió dentro de un brevísimo rato. A la mañana, yendo Porta a salir de casa, se vió circundado de algunos criados de la Señora, cargados de regalos, que le entregaron, diciendo como su Excelencia hacía aquella demostración en agradecimiento de haberla sacado de su ahogo con los divinos polvos que la había enviado. Porta disimulando, respondió, que se alegraba mucho del feliz suceso, y que a la tarde iría a dar la enhorabuena a su Excelencia, como lo hizo.}. [378]

§. XVII
68. La desconfianza, pues, que inspiro en los enfermos hacia los Médicos, y contra que tanto se ha aclamado, siendo respectiva sólo a los Médicos malos, bien lejos de ser nociva, es provechosa; como la indiscreta confianza en el común de los Médicos, bien lejos de ser provechosa, es nociva. Esta confianza, no sólo ha quitado muchas vidas, pero perdido muchas almas. ¡Oh cuántos enfermos murieron sin Sacramentos, porque creyeron al Médico, que les prometía la restauración de la salud! ¡Cuántas veces ha sucedido, que el enfermo, conociendo el peligro, quería confesarse, y dejó de hacerlo, porque asegurando el Médico ser el mal levísimo, y ajeno de todo riesgo, los asistentes, guiados por aquella regla, que los Médicos traen siempre en boca, a cada uno se debe creer en su arte, se descuidaron en llamar al Confesor, y el infeliz doliente se fue sin alguna prevención cristiana al otro mundo! Si se condenó, ¿quién tiene la culpa, sino aquel Médico ignorante, y bárbaro? Algunos casos he visto de éstos con sumo dolor mío.

69. Lo peor es, que los Médicos más ignorantes, y rudos son los que preconizan la obediencia, y confianza, que se debe tener en ellos: los que más se irritan contra mí, porque quiero cercenarles ese indebido obsequio del vulgo. Yo he tratado algunos Médicos sutiles, doctos, y expertos. Ninguno de estos he visto que no confiese que en el ejercicio de su arte va palpando sombras; que entre la enfermedad, y sus ojos media una pared maestra. Sólo los principiantes, los estúpidos, los de corto estudio, y menos talento, son los que, como Zahoríes, penetran todos los escondrijos del cuerpo humano, y así quieren que los enfermos los crean como Oráculos.

70. Doy que algún enfermo, por desconfiar del Médico, no acepte la medicina que éste le prescribe, y que por eso se muera. Otro, por confiar del Médico tomará una medicina que le mate. Ya por lo que mira a la salud del cuerpo se empatan riesgos la confianza, y la desconfianza; [379] pero por lo que mira a la salud del alma, en la desconfianza apenas hay peligro, y en la confianza le hay muy grande. Cree el enfermo que el Médico que le asiste, es un Esculapio, es un Hipócrates, que hace maravillas. De aquí es, que persuadido a que le ha de curar, descuida del alma, que es lo que más importa. O que yo le privo (como exclamó alguno, que tenía puestos al revés en el alma los escrúpulos) al enfermo de un gran consuelo, reduciéndole a la incertidumbre, y desengañándole de aquella firme persuasión en que está, de que el Médico le ha de curar. Es así. Pero pregunto: ¿Cuál le está mejor? Que con el consuelo, que le da esa persuasión, omita, u dilate las prevenciones cristianas para morir, y le sorprenda un delirio, un accidente fatal, la muerte misma sin ellas; o que con el desconsuelo que le introduzco yo con la desconfianza, solicite cuidadoso la expiación de sus pecados, y logre la salvación? Es verdad que aquel consuelo puede conducir algo para recuperar la salud del cuerpo; pero arriesga mucho la del alma: ¿Cuál importa más?

71. Lo que se ve es, que donde no hay Médicos, rarísimo muere sin Sacramentos; y donde los hay, no pocas veces he visto esta fatalidad, aun dando treguas la dolencia. Esto consiste en que el Párroco, y los amigos solicitan puntualmente este máximo bien al enfermo. El Médico, como se interesa su crédito en la cura corporal, y prevee que la tristeza que le ha de ocasionar al enfermo el conocimiento del riesgo de su vida, puede perjudicar algo a la restauración de la salud, retarda lo más que puede el desengaño; o, lo que es peor, le asegura falsamente el recobro.


§. XVIII
72. Pasa el Vindicador al fin de su escrito de Médico a Historiador, ya para reprehenderme un yerro histórico, ya para tejer un largo catálogo de Santos, que ejercieron el oficio de Médicos. De esto segundo gratúlo muy de corazón a todos los Profesores; y al [380] mismo tiempo me duelo de que se haya omitido en el catálogo al Gran Basilio.

73. Por lo que mira al yerro histórico, no le encuentro, aun después de la admonición del Vindicador. Dije que Augusto fue abierto, cándido, generoso, constante en sus amistades, fiel en sus promesas, ajeno de todo engaño. Este fue el asunto que tomó para su Crítica histórica el Vindicador, impugnándome el carácter que di de Augusto, con unas noticias, en parte inciertas, y en parte que nada hacen al intento. Las que no hacen al intento, son las de algunas acciones, ya de crueldad, ya de ambición de Augusto. Como yo no le alabé de moderado, y compasivo, sino de sincero, esto no es del caso. Las inciertas son muchas, que a bulto cita de Suetonio. Es verdad que este Escritor halla reprehensibles por los dos capítulos expresados, y también por el de incontinencia, muchos hechos de Augusto en su juventud, y en aquel tiempo que trabajaba por subir al Solio; pero son sin comparación mayores los elogios, con que le engrandece, discurriendo por todo el resto de su vida, desde que logró el Imperio. De doloso, y falso, ni antes, ni después le nota. Que debajo del pretexto de amistad alevosamente entregase a Cicerón, como el Vindicador asegura, ni Suetonio lo dice, ni otro alguno. Es verdad que faltando a la amistad en obsequio de la ambición, abandonó a Tulio a la venganza de Antonio. Esta es sin duda la mayor mancha de toda la vida de Augusto. Pero es cosa muy diversa faltar a la amistad, negando la protección al amigo contra el furor de Antonio, que entregarle a Antonio dolosamente, debajo de la apariencia de amigo. Y sin embargo, el mismo Suetonio asienta, como yo, que fue Augusto constante en sus amistades. Estas son sus palabras: Amicitias nec facile admisit, & constantissime retinuit: porque un hecho sólo, ni aun dos, no son los que dan, o quitan carácter a un sujeto. Mas ya es tiempo de terminar esta Apología.

O. S. C. S. R. E.

Tomado de: {Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 347-380.}